Monday, July 14, 2008

El Cer vantes de Gelman

En los turbulentos años 70s de Latinoamérica él, como tantos otros argentinos, militó en Montoneros, huyó de la triple A, se exilió en México, donde todavía vive, y también perdió a su hijo Marcelo y a su nuera española Claudia García –estaba por dar a luz– que fueron desaparecidos por la dictadura, pero esa nieta sobrevivió –según pudo constatarlo él mismo, que es periodista, con el propio policía que rescató a la bebé y la cuidó a escondidas del régimen desde entonces, haciéndola amorosamente su hija– y hoy reside en Uruguay, llamándose como las dos vírgenes: María Macarena.
Él es Juan Gelman, el ganador del Premio Cervantes 2007.
Como periodista, lo ha sido disciplinado y combativo, poéticamente combativo, como queda claro en esta entrevista al subcomandante Marcos. Como poeta, cree que la poesía “llega cuando ella quiere y no es que uno la pueda invocar“. Y algunos creen que también merece tener un blog.
En esa década turbulenta, también dijo de Pablo Neruda: “Es un derechista“. Años después rectificó: “Mi crítica a su posición política era tan sincera y equivocada como su oda a Stalin“. Para redondear las cosas, en el 2005 recibió en Santiago el Premio Iberoamericano Pablo Neruda.
He aquí unos pocos poemas de Juan Gelman (1930–…):

Allí
Nadie te enseña nada.
Nadie te enseña a ser vaca.
Nadie te enseña a volar en el espanto.
Mataron a miles de compañeros y nadie te enseña
a hacerlos de nuevo.
¿Cómo hago,
cómo hago yo?
¿hay que romper la memoria para que se vacíe
como un vaso roto?
Me consuelo estúpidamente.
Miro navegar rostros en mi sangre y me digo
que no murieron aún.
Pero mueren aún
Y yo mismo, ¿qué hago mirando cada rostro?
¿Me muero en ellos cada vez?
En alguna telita del futuro habrán escrito
sus nombres.
Pero la verdad es que están muertos,
amortajados por la incomprensión.
Alzan sueños sin método
contra la vida chiquita.

Camas
Añoro la ternura
inexplicable de las calles de Lisboa
y el sol, ese sol, y el Tajo o río
que habla con la ciudad.
El mundo está nublado menos allí,
donde se adensa la tristeza del mundo.
¿Tanta luz sirve para recordar
las condiciones miserables?
¿Uno se abriga del sol metiéndose
en el cansancio de sí?
Aislar la luz es no estar despierto
sino en lo que no fue
y no sé qué soy para mí,
o un animal que busca lo encontrado.
Me cansa la muerte, que no tiene nada dentro.
Hablo a corazón quitado.
Las camas son para otro amor.

Preguntas
Ya que navegas por mi sangre y conoces mis límites
y me despiertas en la mitad del día para acostarme
en tu recuerdo y eres furia de mi paciencia para
mi dime qué diablos hago por qué te necesito quién
eres muda sola recorriéndome razón de mi pasión
por qué quiero llenarte solamente de mí y abarcarte
acabarte mezclarme a tus huesitos y eres única
patria contra las bestias el olvido

El espejo
(A José Saramago)
El sueño castigado se queda
en el sueño de sí mismo, no
pendula su espanto.
¿A dónde irá con su memoria?
Entre árboles busca
una sombra verdadera
en esta duración. El sueño
era otros y es otro hoy que otros
lo niegan o creen que no existió.
No quiere encuentros falsos
y contempla su cara en un espejo
Que se detuvo y guardó
fulgores que no envejecen
mañana.

El atado

Escribir sin contar es como vivir sin vida. Las palabras serán inocentes, pero no su relación. El contador traza una columna del “debe” y otra del “haber” y en la última anota los silencios que supo conseguir. Con las caras de una palabra quisiera hacer piedras y mirarlas todas hasta el fin de mis días. Esas caras siempre tienen otras fugitivas de la boca. Morder la piedra, entonces, es la tarea del poeta, hasta que sangren las encías de la noche. En esa noche navegará sin rumbo fijo, desconfiado de todo, en especial de sí, mirando espejos que cantan como sirenas que no existen. El poeta se atará al palo mayor de su ignorancia para no caer en sí mismo, sino en otro país de aventura mayor, muerto de miedo y vivo de esperanza. Sólo el dolor lo unirá muertovivo al vacío lleno de rostros y verá que ninguno es el suyo. Y todos serán libres.
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¿Y qué culpa ti enen los perros?

A un sujeto en Straubing le dio por vejar al más fiel amigo del hombre, tanto como a su novia, gracias a quien se descubrió la felonía canina.
A un sujeto en Lichtenrade le dio por enseñarle malas maneras al más fiel amigo del hombre, tanto que los vecinos no pudieron menos que quedar estupefactos.
A unos sujetos en Canet de Mar les dio por acabar a palos al más fiel amigo del hombre, en un arrebato de odio contra unos okupas que estaban en un cinematógrafo.

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Real ismo y fábula

–¿Había un cirujano?
–No, un cazador. Un cazador con un cuchillo. Y un segador con una hoz.
–Porque los cirujanos no “rajan los vientres”.
–En general, no.
–¡Y raja el vientre del lobo y estaban vivas, abuela y nietecita!
–Sí.
–¿Cómo cupieron en la barriga de un lobo?
–Simplemente cupieron.
–¿Enteras?
–Enteras.
–¿De qué tamaño era el lobo?
–Como el de todos los lobos.
–¿Como el de un perro?
–Sí.
–¿Crees que en la panza de un perro quepan dos personas?
–No, hombre. Ese es un elemento de la fábula.
–Como el realismo mágico.
–Sí, pudiéramos decir que “como el realismo mágico”.
–Como aquel hilo de sangre del muerto que recorre todo el pueblo y avisa de su propia muerte a Úrsula Iguarán.
–Sí, pudiéramos decir que “como aquel hilo de sangre”.
–El mismo realismo mágico de rajar al lobo, rescatar a las dos mujeres, llenarle la barriga de piedras y “volverlo a cerrar”.
–El mismo.
–Todo esto sin que el lobo se dé cuenta. Porque siguió dormido, ¿verdad?
–Sí. Y tras despertar va al estanque, se inclina y zas, ¡al agua!
–Realismo…
–Exacto.

 

Final de cuento conocido

(…)
El cazador se había quedado preocupado y creyendo adivinar las malas intenciones del lobo, decidió echar un vistazo a ver si todo iba bien en la casa de la Abuelita. Pidió ayuda a un segador y los dos juntos llegaron al lugar. Vieron la puerta de la casa abierta y al lobo tumbado en la cama, dormido de tan harto que estaba.
El cazador sacó su cuchillo y rajó el vientre del lobo. La Abuelita y Caperucita estaban allí, ¡vivas!
Para castigar al lobo malo, el cazador le llenó el vientre de piedras y luego lo volvió a cerrar. Cuando el lobo despertó de su pesado sueño, sintió muchísima sed y se dirigió a un estanque próximo para beber. Como las piedras pesaban mucho, cayó en el estanque de cabeza y se ahogó.
En cuanto a Caperucita y su abuela, no sufrieron más que un gran susto, pero Caperucita Roja había aprendido la lección. Prometió a su Abuelita no hablar con ningún desconocido que se encontrara en el camino.
De ahora en adelante, seguiría las juiciosas recomendaciones de su Abuelita y de su Mamá.

Anónimo

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Eve line

Sentada ante la ventana, miraba cómo la noche invadía la avenida. Su cabeza se apoyaba contra las cortinas de la ventana, y tenía en la nariz el olor de la polvorienta cretona. Estaba sentada.
Pasaba poca gente: el hombre de la última casa pasó rumbo a su hogar, oyó el repiqueteo de sus pasos en el pavimento de hormigón y luego los oyó crujir sobre el sendero de grava que se extendía frente a las nuevas casas rojas. Antes había allí un campo, en el que ellos acostumbraban jugar con otros niños. Después, un hombre de Belfast compró el campo y construyó casas en él: casas de ladrillos brillantes y techos relucientes, y no pequeñas y oscuras como las otras. Los niños de la avenida solían jugar juntos en aquel campo; los Devine, los Water, los Dunn, el pequeño lisiado Keogh, ella, sus hermanos y hermanas. Sin embargo, Ernest jamás jugaba: era demasiado grande. Su padre solía echarlos del campo con su bastón de ciruelo silvestre; pero por lo general el pequeño Keogh era quien montaba guardia y avisaba cuando el padre se acercaba. Pese a todo, parecían haber sido bastante felices en aquella época. Su padre no era tan malo entonces, y, además, su madre vivía. Hacía mucho tiempo de aquello. Ella, sus hermanos y hermanas se habían transformado en adultos; la madre había muerto. Tizzie Dunn había muerto también, y los Water regresaron a Inglaterra. Todo cambia. Ahora ella se aprestaba a irse también, a dejar su hogar.
¡Su hogar! Miró a su alrededor, repasando todos los objetos familiares que durante tantos años había limpiado de polvo una vez por semana, mientras se preguntaba de dónde provendría tanto polvo. Tal vez no volvería a ver todos aquellos objetos familiares, de los cuales jamás hubiera supuesto verse separada. Y sin embargo, en todos aquellos años, nunca había averiguado el nombre del sacerdote cuya foto amarillenta colgaba de la pared, sobre el viejo armonio roto, y junto al grabado en colores de las promesas hechas a la beata Margaret Mary Alacoque. El sacerdote había sido compañero de colegio de su padre. Cada vez que éste mostraba la fotografía a su visitante, agregaba de paso:
–En la actualidad está en Melbourne.
Ella había consentido en partir, en dejar su hogar. ¿Era prudente? Trató de sopesar todas las implicaciones de la pregunta. De una u otra forma, en su hogar tenía techo y comida, y la gente a quien había conocido durante toda su existencia. Por supuesto que tenía que trabajar mucho, tanto en la casa como en su empleo. ¿Qué dirían de ella en la tienda, cuando supieran que se había ido con un hombre? Pensarían tal vez que era una tonta, y su lugar sería cubierto por medio de un anuncio. La señorita Gavan se alegraría. Siempre le había tenido un poco de tirria y lo había demostrado en especial cuando alguien escuchaba.
–Señorita Hill, ¿no ve que estas damas están esperando?
–Muéstrese despierta, señorita Hill, por favor.
No lloraría mucho por tener que dejar la tienda.
Pero en su nuevo hogar, en un país lejano y desconocido, no sería así. Luego se casaría; ella, Eveline. Entonces la gente la miraría con respeto. No sería tratada como lo había sido su madre. Aún ahora, y aunque ya tenía más de 19 años, a veces se sentía en peligro ante la violencia de su padre. Ella sabía que eso era lo que le había producido palpitaciones. Mientras fueron niños, su padre nunca la maltrató, como acostumbraba a hacerlo con Harry y Ernest, porque era una niña; pero después había comenzado a amenazarla y a decir que se ocupaba de ella sólo por el recuerdo de su madre. Y en el presente ella no tenía quién la protegiera: Ernest había muerto, y Harry, que se dedicaba a decorar iglesias, estaba casi siempre en algún punto distante del país. Además, las invariables disputas por dinero de los sábados por la noche comenzaban a fastidiarla sobre manera. Ella siempre aportaba todas sus entradas –siete chelines– y Harry enviaba sin falta lo que podía; el problema era obtener algo de su padre. Éste la acusaba de malgastar el dinero, decía que no tenía cabeza y que no le daría el dinero que había ganado con dificultad para que ella lo tirara por las calles; y muchas otras cosas, porque generalmente él se portaba muy mal los sábados por la noche. Terminaba por darle el dinero y preguntarle si no pensaba hacer las compras para el almuerzo del domingo. Entonces ella debía salir corriendo para hacer las compras, mientras sujetaba con fuerza su bolso negro abriéndose paso entre la multitud, para luego regresar a casa tarde y agobiada bajo su carga de provisiones. Le había dado mucho trabajo atender la casa y hacer que los dos niños que habían sido dejados a su cuidado fueran a la escuela regularmente y comieran con la misma regularidad. Era un trabajo pesado –una vida dura–, pero ahora que estaba a punto de partir no le parecía ésa una vida del todo indeseable.
Iba a ensayar otra vida; Frank era muy bueno; viril y generoso. Ella se iría con él en el barco de la noche, para ser su mujer y para vivir juntos en Buenos Aires, donde él tenía un hogar que aguardaba. Recordaba muy bien la primera vez que lo había visto; había alquilado una habitación en una casa de la calle principal; y ella solía hacer frecuentes visitas a la familia que vivía allí. Parecía que hubieran transcurrido sólo pocas semanas. Él estaba en la puerta de la verja, con su gorra de visera echada sobre la nuca, y el pelo le caía sobre el rostro bronceado. Así se conocieron. Él acostumbraba encontrarla a la salida de la tienda todas las tardes, y la acompañaba hasta su casa. La llevó a ver La Niña Bohemia, y ella se sintió endiosada al sentarse junto a él en las butacas más caras del teatro. Él tenía gran afición por la música y cantaba bastante bien. La gente sabía que estaban en relaciones y, cuando él cantaba la canción de la muchacha que ama a un marino, ella se sentía siempre agradablemente confusa. Él, en broma, la llamaba “Poppens” (amapola). Al principio, para ella resultó emocionante tener un amigo, y luego él comenzó a gustarle. Conocía relatos de países distantes. Había comenzado como grumete por una libra mensual en un barco de la Altan Lines que iba al Canadá. Le nombró los barcos en los que había trabajado y enumeró las diversas compañías. Había navegado a través del estrecho de Magallanes, y relató anécdotas de los terribles indios patagones; tuvo suerte en Buenos Aires, dijo, y sólo había vuelto a su patria para pasar las vacaciones. Naturalmente, el padre de ella se enteró, y le prohibió, terminantemente, continuar tales relaciones.
–Conozco a esos marineros… –dijo.
Un día, su padre discutió con Frank, y después de eso ella tuvo que encontrarse en secreto con su enamorado.
La tarde se oscurecía en la avenida. La blancura de las dos cartas que tenía sobre el regazo se iba desvaneciendo. Una de las cartas era para Harry. Su padre había envejecido últimamente, según había notado; la extrañaría. A veces se portaba muy bien. No hacía mucho, una vez que ella debió permanecer en cama durante un día, él le había leído en voz alta una historia de fantasmas y le había preparado tostadas sobre el fuego. Otro día, cuando su madre aún vivía, fueron a merendar a la colina de Howth. Recordaba a su padre poniéndose el sombrero de la madre para hacer reír a los niños.
El tiempo transcurría, pero ella continuaba sentada junto a la ventana con la cabeza apoyada en la cortina, aspirando el olor de la polvorienta cretona. Lejos, en la avenida, podía oír un organillo callejero. Conocía la melodía. Era extraño que justo esa noche volviera para recordarle la promesa hecha a su madre: la de atender la casa mientras pudiera. Recordó la última noche de enfermedad de su madre; estaba en el cerrado y oscuro cuarto situado del otro lado del vestíbulo, y había oído afuera una melancólica canción italiana. Dieron al organillo seis peniques para que se alejara. Recordó la exclamación de su padre, cuando volvió al cuarto de la enferma.
–¡Malditos italianos! ¡Ni siquiera aquí nos dejan en paz!
Mientras meditaba, la lastimosa visión de la vida de su madre trazaba una huella en la esencia misma de su propio ser; aquella vida de sacrificios intrascendentes que desembocó en la locura final. Se estremeció mientras oía otra vez la voz de su madre repitiendo una y otra vez, con estúpida insistencia, las voces irlandesas:
–¡Derevaun Seraun! ¡Derevaun Seraun!
Se puso de pie con súbito impulso de terror. ¡Escapar, debía escapar! Frank la salvaría. Él le daría vida, tal vez amor también. Pero deseaba vivir. ¿Por qué había de ser desgraciada? Tenía derecho a ser feliz. Frank la tomaría en sus brazos, la estrecharía en sus brazos. La salvaría.

**
Estaba en medio de la movediza multitud, en el muelle del North Wall. Él la tenía de la mano, y ella sabía que él le hablaba, que le decía con insistencia algo acerca del pasaje. El muelle estaba lleno de soldados con mochilas pardas. A través de las abiertas puertas de los galpones, entrevió la masa negra del barco, inmóvil junto al muelle y con los ojos de buey iluminados. No respondió. Sentía sus mejillas pálidas y frías y, desde un abismo de angustia, rogaba a Dios que la guiara, que le señalara su deber. El barco lanzó una larga pitada fúnebre en la niebla. Si se iba, mañana estaría en el mar, con Frank, rumbo a Buenos Aires. Sus pasajes habían sido reservados. ¿Podía volverse atrás, después de todo lo que Frank había hecho por ella? La angustia le produjo náuseas, y siguió moviendo los labios en silenciosa y ferviente plegaria. Sonó una campana, que le estremeció el corazón. Sintió que él la tomaba de la mano.
–¡Ven!
Todos los mares del mundo se agitaron alrededor de su corazón. Él la conducía hacia ellos, la ahogaría. Se tomó con ambas manos de la verja de hierro.
–¡Ven!
¡No! ¡No! ¡No! Imposible. Sus manos se aferraron al hierro, frenéticamente. Desde el medio de los mares que agitaban su corazón, lanzó un grito de angustia.
–¡Eveline! ¡Evy!

Él se precipitó detrás de la barrera y le gritó que lo siguiera. La gente le chilló para que él continuara caminando, pero Frank seguía llamándola. Ella volvió su pálida cara hacia él, pasiva, como animal desamparado. Sus ojos no le dieron ningún signo de amor, ni de adiós, ni de reconocimiento.
James Joyce (1882–1941)

 

Los escritores, esos seres aburridos

¿Por qué el irlandés John Banville, ganador del Premio Booker con “El mar”, decidió firmar como Benjamín Black su más reciente novela, El secreto de Christine?
No lo sé, aunque me gusta saber del oficio por boca de los propios autores, y tampoco Antonio Lozano se lo preguntó en la entrevista en la que le lanza: ¿Cómo llegó a la escritura?, y John Banville, o Benjamín Black, contesta:
–Cuando tenía once o doce años mi hermano me regaló un ejemplar de Dublineses, de Joyce. Ese fue el primer libro que me enseñó que la literatura podía tratar de la vida, al menos tal y como la entendía yo, sin dejar de ser genuinamente bella. A partir de entonces empecé a considerar la posibilidad de ser escritor.
¿Y en qué punto se encuentra ahora?
–Llevo cincuenta años escribiendo y solo ahora empiezo a sentir que lo hago bien. Cuando estás en el camino la mitad de las veces sientes que el lenguaje te domina a ti, y no al revés. Hasta que llega el momento en que puedes controlarlo. Y entonces asoma el peligro. Al alcanzar ese punto en que te crees capaz de realizar cualquier cosa con él, cuando está todo a tu alcance y parece fácil, ¡cuidado! Lo más probable es que acabes sin hacer nada.
¿Es fundada su reputación de autor distante?
–No disfruto de la compañía de los escritores, esos seres aburridos, abonados a la queja y al lloriqueo. Escribir es un ejercicio extraño, algo tan personal que resulta muy complejo hablar de ello; es casi como hablar de tu vida sexual. Pero también diré que el escritor es arrogante por naturaleza, porque se pasa largas horas exigiéndose mucho, porque sabe que ha ofrecido lo mejor de sí mismo en unos tiempos proclives a la pereza.
¿”El secreto de Christine” es una reformulación de sus thrillers anteriores?
–Sí, es verdad. Veamos: en el mejor sentido de la palabra, la novela es una forma vulgar, un género popular, incluso en sus formulaciones más experimentales. Hasta Finnegans Wake nos cuenta una historia. Hace cuatro años empecé a leer las novelas duras de Simenon –no las del ciclo de Maigret– y me parecieron ficciones existencialistas, más conseguidas que las de Camus o Sartre. Obras maestras escritas con rapidez y transparencia. Me inspiraron para escribir El secreto de Christine, que puede entenderse como una versión más obvia de mis anteriores libros.
¿Es su estilo frío?
–El arte es la intensificación de la emoción, del sentimiento y de nuestra percepción del mundo. Y posee también el atributo de la consolación. Incluso las ficciones más oscuras y terribles transmiten vigor si se expresa con concentración y belleza. Creo que mi estilo es embarazosamente cálido. No tengo ni idea de por qué se considera lo contrario.

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¿Mini mal ista, yo? ¡No jodás!

La vida tiene sus desengaños. O sus secretos. Y muchas cosas no son como creíamos, o no son lo que creíamos. Una de esas es el mundialmente reconocido minimalismo de los cuentos de Raymond Carver (1938–1988).
La editorial Alfred Knopf está en conversaciones con Tess Gallagher, la viuda de Raymond Carver, para publicar la versión original de “Principiantes“, que se conoce como “De qué hablamos cuando hablamos de amor“.
Porque ocurre que Raymond Carver no escribía como creíamos que escribía Raymond Carver.
Él escribía de otra manera.
Y lo que creíamos escrito por Raymond Carver era, en realidad, una creación de Gordon Lish. Algo así como si Raymond Carver fuera una ficción de Gordon Lish.
Para empezar, Raymond Carver tituló el libro Principiantes, y tenía una extensión del doble de páginas de las que salieron publicadas, y 10 de los cuentos tenían otros finales.
Y el hecho de que leyéramos la mitad de lo que escribió Raymond Carver como Principiantes, bajo el título de De qué hablamos cuando hablamos de amor, fue obra de Gordon Lish.
Es decir, Gordon Lish era el auténtico “minimalista“, y no Raymond Carver, quien sin embargo con ese libro saltó a la fama mundial.
Tampoco es Raymond Carver el padre del “realismo sucio” (como algunos calificaron estos textos) sino Gordon Lish.
Es decir, “ahora nos toca descubrir que uno de los máximos modelos de la cultura narrativa contemporánea es un modelo artificial”.
Me parece que, al mismo tiempo que Gordon Lish “usurpó” el nombre y los textos de Raymond Carver, tuvo la suficiente lucidez, destreza y perspectiva para instalar toda una visión nueva del mundo, a partir de los textos de Raymond Carver.
Aunque suene extraño, lo voy a decir: Gordon Lish fue tan “abusivo” como “genial“.
Sin duda alguna, Raymond Carver no sería el paradigma que es hoy, de no haber sido por el corazón de piedra de Gordon Lish.
Aunque también es una exageración decir que Raymond Carver no vale tanto como creíamos, porque sí es una pluma poderosa. Solo que distinta a eso que suponíamos que era.
En todo caso, Raymond Carver no sería el primer caso en que “las pilatunas” del editor hacen lo suyo.
Textos como En el camino, de Jack Kerouac, terminaron siendo publicados en una versión completamente distinta a la de los originales del autor.
Raymond Carver tuvo conocimiento de los “recortes” hechos por Gordon Lish.
Si el libro llega a publicarse de la forma en que ha sido corregido, quizás nunca más pueda escribir un cuento –le dijo el primero al segundo.
Pero el segundo no le prestó atención al primero, y publicó “Principiantes” con el título de “De qué hablamos cuando hablamos de amor”… ¡Y fue un éxito arrollador!
Raymond Carver tuvo que dejar la botella de licor, y obviamente apartarse también de Gordon Lish, para escribir Catedral, libro en el cual se observó “una evolución estilística”.
Mas no había tal evolución de estilo. Simplemente en Catedral, Raymond Carver comenzó a ser el auténtico Raymond Carver.
Y ya sobrio, y escribiendo sin pausa, recibió una avalancha de premios hasta el día de su muerte prematura.
(Claro, “prematura” es una manera de decir que quizás no debió haber muerto a los 50 años, pues en verdad toda muerte ocurre en el momento justo.)
La intención de Tess Gallagher de negociar con Alfred Knopf la publicación de los textos originales de Raymond Carver, tiene tres propósitos, según la propia viuda:
Primero, restaurar la voz verdadera del escritor.
Segundo, dejar claro que nunca fue un minimalista, y que la etiqueta le desagradaba.
–Y tercero, acabar con la idea según la cual su reputación se debe al genio del editor Gordon Lish.
El italiano Alessandro Baricco tiene una versión de primera mano sobre los cambios que realizó Gordon Lish.
¿Cuál de los dos textos, “el de” Gordon Lish, o el de Raymond Carver, es mejor?
Cada cual lo sabrá. Aunque el propio Alessandro Baricco nos dice que Gordon Lish tenía también lo suyo, para saber “podar” y “reenfocar” los cuentos originales.
En el libro ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, Raymond Carver incluyó el cuento “El padre“, que a continuación quiero compartir. Disfrútenlo:

El padre
El bebé estaba en una canasta al lado de la cama, y llevaba puesto un pelele y un gorro blanco. La canasta de mimbre estaba recién pintada, acolchada con pequeños edredones azules y sujeta con cintas de color azul claro. Las tres hermanitas y la madre, que se acababa de levantar de la cama y aún no se había despertado del todo, y la abuela rodeaban todas al bebé y observaban cómo miraba con fijeza y de cuando en cuando se llevaba el puño a la boca. No sonreía ni reía, pero a veces parpadeaba y movía la lengua entre los labios cuando una de las niñas le pasaba la mano por la barbilla.
El padre estaba en la cocina y les oía jugar con el bebé.
–¿A quién quieres tú pequeñín? –dijo Phyllis–, y le hizo cosquillas en la barbilla.
–Nos quiere a todos –dijo Phyllis–, pero al que quiere de veras es a papá, ¡porque papá también es chico!
La abuela se sentó en el borde de la cama y dijo:
–¡Mirad su bracito! Tan gordo. ¡Y esos deditos! Igualitos que los de su madre.
–¿No es una preciosidad? –dijo la madre–. Tan sano, mi niñito. –Se inclinó sobre la cuna, besó al bebé en la frente y tocó la colcha que le tapaba el brazo–. Nosotros también le queremos.
–¿Pero a quién se parece, a quién se parece? –exclamó Alice, y todas ellas se acercaron a la canasta para ver a quién se parecía.
–Tiene los ojos bonitos –dijo Carol.
–Todos los bebés tienen los ojos bonitos –dijo Phyllis.
–Tiene los labios del abuelo –dijo la abuela–. Fijaos en esos labios.
–No sé… –dijo la madre–. No sabría decir.
–¡La nariz! ¡La nariz! –gritó Alice.
–¿Qué pasa con su nariz? –preguntó la madre.
–En la nariz se parece a alguien –dijo la niña.
–No, no sé… –dijo la madre–. No creo.
–Esos labios… –dijo entre dientes la abuela–. Esos deditos… –dijo, destapando la mano del bebé y extendiéndole los menudos dedos.
–¿A quién se parece este niño?
–No se parece a nadie –dijo Phyllis. Y todas se acercaron aún más a la canasta.
–¡Ya sé! ¡Ya sé! –dijo Carol–. ¡Se parece a papá! –Todas miraron al bebé de muy cerca.
–¿Pero a quién se parece su papá? –preguntó Phyllis.
–¿A quién se parece papá? –repitió Alice, y entonces todas ellas miraron a la vez hacia la cocina, donde el padre estaba en la mesa, de espaldas a ellas.
–¡Vaya, a nadie! –dijo Phyllis, y se puso a lloriquear un poco.
–Calla –dijo la abuela, apartando la mirada. Luego volvió a mirar al bebé.
–¡Papá no se parece a nadie! –dijo Alice.
–Pero tendrá que parecerse a alguien –dijo Phyllis, secándose los ojos con una de las cintas. Y todas salvo la abuela miraron al padre, que seguía sentado en la cocina.

Se había dado la vuelta en su silla y tenía la cara pálida y sin expresión.
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Tonto cora zón

El corazón tiene sus razones que la razón no puede comprender.
El corazón tiene su propia dimensión de ser, que es completamente oscura para la mente.
El corazón es más elevado y más profundo que la mente, está más allá de su alcance.
Parece alocado.
El amor siempre parece alocado porque no es utilitario.
La mente es utilitaria. Lo utiliza todo para algún fin: esto es lo que significa ser utilitario.
La mente tiene un propósito y está orientada hacia un fin; lo convierte todo en un medio.
Y el amor no puede convertirse en un medio, ése es el problema. El amor mismo es el objetivo.
Los locos siempre demuestran una sabiduría sutil, y los sabios siempre se comportan como locos.
Antiguamente, todos los grandes emperadores siempre tenían un bufón en la corte. También tenían a hombres muy sabios, consejeros, ministros y primeros ministros, pero siempre tenían un loco.
¿Por qué? Porque hay cosas que los llamados hombres sabios no pueden entender, que sólo un loco puede entender, porque los supuestos sabios son tan necios que su astucia y su inteligencia les cierran la mente.
Un loco es simple, y era necesario porque muchas veces los supuestos sabios no decían las cosas al emperador por miedo. Un loco no teme a nadie, hablará sin importarle las consecuencias.
Así es como actúa un loco: de manera simple, sin pensar en los resultados.
Un hombre inteligente siempre piensa en los resultados antes de actuar. En primer lugar piensa y luego actúa. El loco actúa sin pensárselo antes.
Cuando alguien alcanza la realización última, no es como vuestros sabios. No puede ser como ellos.
Puede que sea como vuestros locos, pero no puede ser como vuestros sabios.
Cuando San Francisco se iluminó, solía llamarse a sí mismo el loco de Dios.
El papa era un hombre sabio y, cuando San Francisco fue a verlo, incluso él pensó que aquel hombre se había vuelto loco. El papa era un hombre inteligente, calculador, listo; ¿de qué otro modo podría haber llegado a papa?
Para hacerse papa uno tiene que hacer mucha política. Para hacerse papa uno necesita ser diplomático, hace falta competir y desbancar a los demás, usarlos como escaleras y luego dejarlos de lado.
Es política… porque un papa es un líder político.
La religión es algo secundario, a veces ni siquiera está presente.
¿Cómo puede un hombre religioso luchar y mostrarse agresivo para conseguir un puesto? Sólo son políticos.
San Francisco vino a ver al papa y el papa pensó que aquel hombre estaba loco. Pero los árboles, los pájaros y los peces pensaban de otro modo.
Cuando San Francisco iba al río, los peces daban saltos de alegría para celebrar su venida. Miles de personas fueron testigos de este fenómeno: millones de peces saltaban simultáneamente; el río entero se llenaba de peces saltarines. San Francisco había venido y los peces se sentían felices.
Y los pájaros le seguían donde quiera que iba; iban a posarse en sus piernas, en su cuerpo, en su regazo. Entendían a este loco mejor que el papa.
Incluso los árboles que se habían secado y estaban a punto de morir reverdecían y volvían a florecer cuando se acercaba San Francisco. Los árboles entendían bien que aquel loco no era un loco ordinario: era el loco de Dios.

Osho

 

La melancólica depresión

Nuestros abuelos la llamaban melancolía; hoy, depresión. Los jóvenes abrevian con depre. Se trata, sin duda, de un mal expandido de los tiempos modernos, que puede tener origen en el espíritu –lo que repercute en el cuerpo– y en el cuerpo –bioquímica descompensada– que repercute en el espíritu.
No les faltaba razón a los de antes, decir que eso era melancolía, pues la definición de la Real Academia Española es la siguiente:
Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que no encuentre el que la padece gusto ni diversión en ninguna cosa“.
Hoy, la depresión se entiende como “falta de interés, alteraciones del sueño, trastornos alimentarios, falta de energía, pérdida de la concentración y baja autoestima“.
Es, ni más ni menos, una patología de estos tiempos.
La depre causa ausentismo laboral, y los empresarios saben lo que esto vale. En Estados Unidos se estima que las empresas dejan de percibir 44 mil millones de dólares al año. No tengo a mano la cifra de Colombia, pero debe ser igualmente abultada en pesos.
La más reciente encuesta de salud estadounidense permitió crear una escala de impacto del tipo de trabajo causante de depresión.
Resulta llamativo que los empleos en los que la persona debe ponerse al servicio del prójimo son los que mayor depresión producen. En esta lista están:
–Quienes cuidan niños, ancianos y enfermos
–Quienes son del servicio doméstico
–Quienes tienen oficio de mozo, camarera, barman, cocinero(a)
–Quienes son enfermeras(os) auxiliares, médicos
También la depresión puede llegar como una consecuencia del estrés.
O sea, la depresión nos puede atacar por exceso de parsimonia, como por exceso de tensión y acelere.
Por esta razón, no estamos exentos de contraerla quienes nos ocupamos de los medios de comunicación, diseños, ventas, artes y administración.
La escala de vulnerabilidad a la depresión, quedó finalmente así:
–Cuidado de personas 10,8 %
–Atención en restaurantes 10,3
–Trabajadores de hospitales 9,6
–Medios de comunicación 9,1
–Artes, diseño y deportes 9,1
–Administración y oficinas 8,1
–Aseo y mantenimiento 7,3
–Finanzas 6,7
–Ventas 6,7
–Leyes 6,4
–Ciencias sociales 4,4
–Ingeniería y arquitectura 4,3
Cuando nos sintamos pesimistas, con sentimiento de culpa, pérdida de interés amoroso, insomnio, ansiedad, problemas digestivos y desgano, ¡cuidado! Podemos estar yendo camino a la depre.

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Germán Es pinosa, el tejedor de palabras

Solo recordar al conspicuo maestro Germán Espinosa (1938–2007), quien además de Letanías del crepúsculo –su primera obra a los 16 años–, La noche de la Trapa, Los cortejos del diablo, Los doce infiernos, El signo del pez, Noticias de un convento frente al mar y La tejedora de coronas, también escribió La aventura del lenguaje.
Él, purista, nutrido de literatura europea, lo más lejano al realismo mágico –asociación que lo perturbaba hasta la ira– quiso compartir la manera como entendía el lenguaje, su hechizante herramienta de labor.
En todo auténtico escritor, como en todo artista, hay una fuerza de videncia para penetrar hasta los más íntimos fundamentos del ser. A través de la palabra, la literatura logra la más alta y perfecta representación del mundo. Pero será siempre una representación y nada más; no el mundo“, escribió allí.
“A despecho de las objeciones de aquellas personas que a toda costa tratan de parecer originales, el sociólogo francés Gabriel de Tarde (1843-1904) demostró hace tiempos cómo la imitación es el carácter esencial aún de los hechos sociales”, dijo, como enviando un mensaje.
Y de las materias primas, anotó: “En numerosos escritores, incluido el modestísimo autor de estas líneas, se hallará testimonio de procesos inconscientes durante la gestación de sus libros”. “Las disposiciones para un arte y oficio se manifiestan imperiosamente desde la infancia, merced a un proceso que no suele operarse en el yo consciente”.
El maestro Espinosa se ocupó de asuntos como este: “En latín, dos negaciones afirman; en griego, la frase gana con ellas en fuerza negativa“.
Y además hizo guiños, como este: “En mi novela El Magnicidio, publicada en 1979 por Plaza y Janés, introduje la palabra grimpante, para significar trepadora, y éste es el día en que nadie me ha cobrado la inofensiva broma”.
La lengua que hablamos suele condicionar nuestra visión del mundo“, esto debido a que “cada lengua suele crear sus propios hábitos de pensamiento“, certeramente anotó.
Por último: “El lenguaje lo considero no sólo un supercódigo, sino el único código humano capaz de erigirse por sí mismo en una fuerza creadora, en un Logos“.
Recordar, pues, brevemente, al enhiesto maestro, el de La tejedora de coronas y La aventura del lenguaje. Y darle un abrazo afectuoso a su hijo Adrián, diseñador gráfico, con quien compartí los años que trabajé en el diario El Tiempo.

Edwards, Molina, Millás…

La casa Dostoievski se titula la novela que pronto lanzará Jorge Edwards. El protagonista pasará por toda la experiencia de mi tiempo. Primero por la izquierda en Chile, luego por Cuba, por el exilio en Francia, el regreso a Chile y el golpe de Estado, adelanta el autor. “Tiene algo en común con un poeta muy interesante y que fue un gran amigo mío, Enrique Lihn. También con otro como Jorge Teillier o conmigo mismo”.
Vicente Molina Foix ganó el Premio Nacional de Narrativa de España con la novela El abrecartas.
El Premio Planeta de Novela 2007 lo ganó Juan José Millás con El mundo, libro que “cuenta la historia del descubrimiento del mundo por parte de un preadolescente que se llama Juanjo Millás, que vive en una calle y cuyo único sueño es escapar de esta calle; cuando escapa, encuentra esa calle en todas partes”, contó Millás. A j. le resultó sospechoso este premio. Los del jurado (Alfredo Bryce Echenique, Pere Gimferrer, Carmen Posadas, Soledad Puértolas, Rosa Regs y Carlos Pujol) escogieron la novela Villa Diamante, del venezolano Boris Izaguirre, como finalista.
A algunos no les gustó que Cataluña –y su idioma catalán– fuera invitado de honor a la Feria del Libro de Francfort.
En la perspectiva de eliminar barreras y confraternizar el mundo, parece buena la noticia de que Apple lanzará este viernes 26 de octubre un sistema operativo que, entre otras cosas, permite trabajar el Windows en equipos Macintosh.

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De lo bre ve…

También resulta cautivante el texto narrativo o poético con el menor número de sílabas o palabras que es capaz de crear todo un mundo y una atmósfera.
Contrario a lo que pudiera creerse, es tanto más difícil lograrlo cuando quien lo intenta no ha adquirido cierta destreza –en otros tantos intentos fallidos que quizás quemó– y solo después logra cierta notoria calidad.
He aquí tres logros de los que hablo.

El lobo
Logré que uno de mis compañeros de hostería -un soldado más valiente que Plutón- me acompañara. Al primer canto del gallo, emprendimos la marcha; brillaba la luna como el sol a mediodía. Llegamos a unas tumbas. Mi hombre se para; empieza a conjurar astros; yo me siento y me pongo a contar las columnas y a canturrear. Al rato me vuelvo hacia mi compañero y lo veo desnudarse y dejar la ropa al borde del camino. De miedo se me abrieron las carnes; me quedé como muerto: Lo vi orinar alrededor de su ropa y convertirse en lobo.
Lobo, rompió a dar maullidos y huyó al bosque.
Fui a recoger su ropa y ví que se había transformado en piedra.
Desenvainé la espada y temblando llegué a casa. Melisa se extrañó de verme llegar a tales horas.
–Si hubieras llegado un poco antes –me dijo– hubieras podido ayudarnos: Un lobo ha penetrado en el redil y ha matado las ovejas; fue una verdadera carnicería; logró escapar, pero uno de los esclavos le atravesó el pescuezo con la lanza.
Al día siguiente volví por el camino de las tumbas. En lugar de la ropa petrificada había una mancha de sangre.
Entré en la hostería; el soldado estaba tendido en un lecho. Sangraba como un buey; un médico estaba curándole el cuello.
Petronio

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Amenazas
–Te devoraré –dijo la pantera.
–Peor para ti –dijo la espada.
William Ospina

Salomón y Azrael
Un hombre vino muy temprano a presentarse en el palacio del profeta Salomón, con el rostro pálido y los labios descoloridos.
Salomón le preguntó:
–¿Por qué estás en ese estado?
Y el hombre le respondió:
–Azrael, el ángel de la muerte, me ha dirigido una mirada impresionante, llena de cólera. ¡Manda al viento, por favor te lo suplico, que me lleve a la India para poner a salvo mi cuerpo y mi alma!
Salomón mandó, pues, al viento que hiciera lo que pedía el hombre. Y, al día siguiente, el profeta preguntó a Azrael:
–¿Por qué has echado una mirada tan inquietante a ese hombre, que es un fiel? Le has causado tanto miedo que ha abandonado su patria.
Azrael respondió:
–Ha interpretado mal mi mirada. No lo miré con cólera, sino con asombro. Dios, en efecto, me había ordenado que fuese a tomar su vida en la India, y me dije: ¿Cómo podría, a menos que tuviese alas, trasladarse a la India?
Yalal al-Din Rumi

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Es cribir, para Isabel Allende

El mío es un oficio de paciencia, silencioso y solitario.
Debo inventar muy poco, porque la realidad es siempre más espléndida que cualquier engendro de mi imaginación.
En el mejor de los casos la escritura intenta dar voz a quienes no la tienen o a quienes han sido silenciados.
Trato de contar en el tono de las conversaciones privadas, procurando que no se me olviden el humor y la compasión, dos ingredientes necesarios para dar vida a los personajes.
Mis libros nacen de una emoción profunda que me ha acompañado por largo tiempo.
La primera frase fue escrita en trance, mis dedos volaron sobre el teclado y antes que alcanzara a darme cuenta había escrito: Barrabás llegó a la familia por vía marítima. ¿Quién era Barrabás y por qué llegó por vía marítima? ¿Qué tenía que ver Barrabás en una carta de despedida de mi abuelo? Aún no lo sabía, pero con la confianza del ignorante seguí escribiendo sin pausa ni respiro, cada noche, sin mayor esfuerzo, como si voces secretas susurraran la historia al oído. Al cabo de un año tenía quinientas páginas sobre la mesa de la cocina. Había nacido La casa de los espíritus.
Supongo que la mayoría de las mujeres se siente cómoda en su condición femenina. A mí me costó cuatro décadas aceptarme, antes quería ser hombre.
En 1991, justamente cuando presentaba El plan infinito en Madrid, mi hija Paula tuvo un ataque de porfiria y cayó en coma. La porfiria es una rara condición que hoy en día no tiene por qué ser mortal, pero Paula tuvo mala suerte. Paula murió en mis brazos en la madrugada del 6 de diciembre de 1992. Entonces llegó mi madre con la idea salvadora de que no hay que desear la muerte, porque ésta llega de todas maneras, el desafío es la vida… Colocó sobre mi mesa, junto a mis cuadernos amarillos, ciento noventa cartas que yo le había escrito durante ese año, contándole paso a paso la devastadora enfermedad de mi hija, y me dijo: toma, Isabel, lee y ordena todo esto, para que comprendas que la muerte es la única liberación posible para Paula. Hice lo que ella me pedía y poco a poco, frase a frase, lágrima a lágrima, nació otro libro, que titulé Paula.
Mis novelas no se gestan en la mente, crecen en el vientre.
No escojo el tema, el tema me escoge a mí.
Mi trabajo consiste en dedicar suficiente tiempo, silencio y disciplina a la escritura para que los personajes aparezcan de cuerpo entero y hablen por sí mismos. No los invento, son criaturas que existen en otra dimensión, esperando que alguien las traiga al mundo.
Soy sólo un instrumento, algo así como una radio; si logro sintonizar la frecuencia precisa, tal vez los personajes se manifiesten y me cuenten sus vidas.
Cada 8 de enero comienzo otro libro.
Carezco de un plan, no sé lo que ocurrirá. Esa frase inicial entreabre una puerta por donde me asomo tímidamente a otro mundo. En los meses siguientes explorará ese territorio palabra a palabra. Los personajes, que al principio son muy borrosos, irán revelándose con sus contornos precisos, cada uno con su propia voz, su biografía, su carácter, sus mañas y grandezas, tan reales e independientes que sería inútil de mi parte tratar de controlarlos. La historia se desdoblará lentamente, un pliegue a la vez, hasta llegar a los estratos más profundos.
Sin embargo, eso no ocurrió después de la muerte de mi hija. Por tres años no pude escribir ficción. Entonces recordé que soy periodista y que si me dan un tema y tiempo para investigar, puedo escribir sobre casi cualquier cosa.
Los acontecimientos y la gente que he conocido en el viaje de mi vida son mi única fuente de inspiración.
Si pretendiera una vida segura no podría escribir: ¿qué contaría? Mi memoria está hecha de aventuras, amores, sufrimientos, separaciones, cantos y lágrimas.
Paso tantas horas, callada y a solas, que la realidad se me desdibuja y termino oyendo voces, viendo fantasmas e inventándome yo misma. El tiempo se me enreda y empieza a caminar en círculos. Piso con mucho cuidado porque se me ocurre que cada acto, cada palabra, cada intención obedece, tiene importancia en el diseño final de la existencia. Tal vez el tiempo no pasa, sino que nosotros pasamos a través del tiempo.
No hay nada tan liberador como la edad… y como el dolor.
No tengo planes, deseos, temores ni remordimientos: puedo escribir en plena libertad.

Isabel Allende

¿Y Nathan Zuckerman? ¿O Philip Roth?

Leo que Philip Roth, el más seguro ganador del Premio Nobel de Literatura –que en realidad obtuvo la británica Doris Lessing– acaba de lanzar Exit Ghost.
Trata de Nathan Zuckerman, otrora machista hipersexual, autor de Carnovsky, ya de 71 años, atacado por el cáncer en la próstata, aquejado de extrema flaccidez y usuario de pañales para la incontinencia.
Vuelve a ver a Ammy Ballet (¿Ana Frank?), como él envejecida, inválida a causa de una novedad en el cerebro que obligó a operarse el cráneo. Ammy fue pareja de E. I. Lonoff, maestro literario de Nathan, judío también.
Pero conoce a una pareja de jóvenes escritores y se enamora de ella, comprobando, a poco, que la vejez siempre se impone sobre la juventud, y la suya ya es pasado.
¿Un Nathan Zuckerman así? Sí. Quizás para ponerle fin a la sospecha cierta de que Philip Roth es Nathan Zuckerman.
–¿Ven?, Nathan está jodido y yo sigo en lo mío –parece decir Roth.
Y también leo que la crítica no es favorable. Han calificado a Exit ghost de “modesta“, de “blanda” (¿como el pene del protagonista?), y “pareciera que Roth en vez de terminar un libro, simplemente paró de escribir”.

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